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Generacionismo adánico relativista.

Viernes 20 de junio de 2014, por Manuko

Tendemos siempre a la crítica destructiva, a romper los esquemas y soslayar nuestros contextos entre cualquier grieta que encontramos en las dicciones sociales, como si fueran tacos, para acabar atornillando argumentos de los que colgar una idea de programa que quede expuesta así a todo el mundo.

Democráticamente, insistimos en que, de por si, la democracia no vale nada si no vale para todos. Orgánicamente, solo sirve para algunos. Sin ir más lejos, da mala imagen dar de comer a unos niños excepto si sus padres son potentados. Deciden quienes cobran del erario público que los hambrientos quedan mal. Nadie les ha elegido para dejar de ser hambrientos, ni tampoco hay institución legitimada que haga que dejen de ser hambrientos. Hambriento como sinónimo de malo. Hambriento como sinónimo de pobre de espíritu. Hambriento como sinónimo de ETA. Hambriento ilegal.

He oído muchas mentiras en mi vida, como todos. Incluso muchas mentiras que eran verdades en las mentes de quienes las exponían. No sé si son las más peligrosas, pero si que son las más difíciles de enfrentar. Reducido todo a la ortodoxia de tener opinión, se hace cuesta arriba tender al conocimiento. A ti te pasa. A ellos les pasa. A mi me pasa.

Y nos hicimos a nuestra imagen y semejanza. Si venimos de un cruce de caminos, ya sea el típico crossroad o un carrefour, no vemos que cada cual tira para su casa y que no todos los caminos llevan a la misma parte. Y es que los caminos no los hacen las ideas, sino los pasos que se dan por ellas. Y ya, de por si, las ideas no serán las mismas desde la propia concepción del calzado.

Ocurre entonces que vemos una masa de personas formadas de mil maneras distintas que revelan al resto que piensan, que quieren pensar, y que van a seguir haciéndolo. La pérdida del miedo es el paso a la vez evidente, y a la vez, como todo, contradictorio. El miedo a que nos mientan, el miedo a mentirnos, reluce sobre todas las cosas. El miedo al efecto Pigmalión, finalmente, termina por crear miedo por efecto Pigmalión.

Queremos volver atrás. La vergüenza nos pide volver atrás. O, mejor, tirar para adelante negando el pasado. Estuvo ahí, si, pero puede pasar a ser un relato sin más, una fuente de novelas, un escenario imaginario llamado antes. No es nuestro pasado, sino lo que pasó antes de nosotros. Nos mentimos con ello y auto-convencemos. Lo queremos así. Y la frustración no existirá, porque haremos que así sea. El presente es producto de un pasado que no nos representa. Un presente, finalmente, que no nos representa.

A veces parece la mejor de las ideas. En otros momentos, nos damos cuenta de que, en el fondo, nada va a parar la Historia, que seguirá hacia adelante aplastandonos con sus apisonadoras. Una historia en la que se nos ha reservado unos segundos de gloria y fama, y una eternidad de reparto desigual de recursos y oportunidades. Un falso darwinismo social en el que, finalmente, el más poderoso es quien se compra el mejor coche, no el más válido.

Todo bajo la sospecha de que, si así fuese, si el más válido fuese el más poderoso, el menos válido, seguramente, tendría más garantías de supervivencia y saciedad intelectual. Los pobres de hoy no son tontos, y si en manos de algunos de ellos estuvieran muchas cosas, no dejarían jamás que los tontos fuesen pobres. Jamás veríamos pobreza administrando desde la perspectiva austera de la tolerancia al hambre del que cada uno de nosotros somos dueños.

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